"La imaginación está hecha de convenciones de la memoria. Si yo no tuviera memoria no podría imaginar". Jorge Luis Borges

viernes, 29 de abril de 2011

Azul y oro - cuento boquense

AZUL Y ORO

Caricatura de Fernando Komel, ilustrador y diseñador


A MI VIEJO
Don Miguel Vicente


El último rayo de sol  acarició las casas, veredas y árboles del barrio, hasta adormecer definitivamente la tarde; dejando en el ambiente, esa extraña sensación de vacío.

Aceleré el choche, crucé, Retiro, luego Alem y finalmente  Brown.  Me dejé  llevar deseaba hundirme  en el paisaje. En todas y cada una de las calles, esquinas y casas, ya lejanas, que abarcaban mi otro tiempo.
Bordeé el parque Lezama  y finalmente  la calle larga.

Sonreí, recordando  aquellas tardes de verano, por la calle larga que va al parque. Luego crucé frente a casa amarilla. Después, después me sumergí en mis pensamientos.

Al llegar a Pedro de Mendoza  desaceleré la velocidad. En el primer hueco que encontré dejé el coche.
Caminé  por la escollera, de a ratos giraba  para observar el puente, y así, una y otra vez.
Cientos de imágenes giraban en el silencio del paisaje.
Sentí sed, con la vista busque el bar,  y hacia allá me dirigí.

Aun faltaba para  el encuentro. Desde la ventana del bar pude observar  la plazoleta, el mástil. Vi encenderse una y otra luz. Necesitaba beber un café, era necesario traer el barrio en el sabor de ese café.

Regresé  con  grandes éxitos, muchos mundos y vidas  diferentes, salones y más salones de exposiciones me agasajaron. Premios, distinciones y otras tantas bagatelas con las cuales se ufana el ego.

El grito de esos muchachos,  rumbo a la cancha, me distrajo por un segundo.
Si, eran cantos conocidos, sonaban adentro y afuera, los repetía con la mente.
Si, esa canción la  plasmé cientos de veces, con cada pincelada de azul, desde el primero al último de mis cuadros.
Si, esos colores  dominan mis pinturas, azul y amarillo. Construí mi paleta, en base a esos colores.

Dejé el dinero sobre la mesa y salí. Caminé largo rato. Los pasos me llevaron hasta el  viejo atelier. Me detuve un instante frente a la puerta. Luego, continué hasta encontrar mi casa natal, silencio, solo silencio. Era un desconocido  frente a esa puerta.

Me sobresaltó el eufórico estallido de los cantos, venían desde la cancha.
Mire el reloj, aun faltaba.
Intenté recordar. Necesitaba  caminar unas cuadras más.

Crucé la vieja estación, metiéndome  por  caminito. A paso firme me dirigí  nuevamente hasta la Vuelta de Rocha, sonreí  al recordar aquel día, cuando en ese lugar, un junio muy lejano, juré la bandera.
El mismo lugar donde el nono, tantas veces me  llevó de pibe, y otras tantas, me contó las anécdotas de su Italia natal.

– Pablo, no ha sido fáciL... Llegamos aquí para el fin del verano, una mañana de marzo, tu padre era pequeño...  ¡sobre ese lado atracó el vapor!
Mil veces me lo contó, siempre con la misma nostalgia, siempre con el mismo entusiasmo.

Crucé frente a la escuela….estaban todos los pibes,
-¡¡¡dale!!!
-¿no jugás Pablo? - Me gritaba el Cacho.
-¡No! voy del maestro, hoy tengo dibujo. Así me excusé una y otra vez
-¡Dale Pablo un picadito!
-Che,  el domingo los muchachos vamos a la cancha, ¿¡no venís!?

Se  agitaba mi mente, una y cien veces crucé por las borrosas esquinas del recuerdo.

-Y Pablo ¡que te dijo la Analía? ¿Te da o no te da bola?
- Si, el sábado vamos al parque…

Como en mis telas, la mente recorrió, la tarde del verano y el  beso largo, por el caminito hacia el Lezama.
Se me endulzó la boca al recordar aquella tarde.

Esos dos pibes, que, apresuradamente caminaban rumbo a la chanca, discutiendo si este o tal vez el otro, y que el arbitro no sabía nada, si, ellos  fueron el detonante.

-Vamos Pablo, ¡levantate,  hoy se come temprano! , tu padre va a la cancha.
-Vamos ¡la comida está servida!…sonaba en mi mente la voz de la vieja.

-Pablo acompañame, ¡dale!  Ahora nos vamos a la cancha y después hijo, te llevo a comer una pizza, vamos a la esquina de Necochea, dale acompañame.
El viejo me lo pidió una y otra vez, un domingo detrás del otro.
No, no fui, nunca lo acompañé  y  ahora ya no puedo.

Dejé Pedro de Mendoza, quedando atrás  el puente grande. Aceleré los pasos hacia el encuentro con mi amigo. Me dijo que venía con su hijo. Íbamos a platea, yo quería ver muy de cerca a los jugadores.

-¡Pablo levantate!  ¡La mesa está puesta!  Golpeó nuevamente en mi recuerdo.

La insolencia de la juventud, el tonto capricho de un adolescente rebelde. Absurdos caprichos, confundidos con carácter firme.

Me vi  sentado a la mesa, casi dormido, como todos los domingos.

El viejo almorzaba temprano. Los domingos se almorzaba temprano en casa. 
Cuando nos sentábamos a la mesa, el viejo  ya estaba preparado para el partido.
Sobre el respaldo de la silla, dejaba la campera de gamuza, tenía cuello y puños tejidos, y, la gorra,  si, el viejo  usaba gorra para la cancha.
Era la época que se jugaba los domingos por la tarde, cuando el barrio flotaba en  el sonido del partido, cuando el futbol era una fiesta.

La imagen y la voz del viejo cruzaron mi memoria.

-Pablo,  ¡no sabés la emoción! ¡El pibe de oro! ¡el Lazzatti, no sabes como jugaba!
-¡La época del Cherro! yo era muchacho...
-Si me hubieses visto la tarde del boina Severino, fuimos con toda la barra.
-Yo estaba de novio con tu madre, cuando aquel glorioso partido, esa histórica línea con Lombardo, Mouriño y Pescia.
-Pablo, cuando vos naciste, ¡debutaba el rata! 
No quise recordar más.

Sabés viejo, ayer, ayer por la tarde estuve en la cancha, fuimos con mi amigo y su hijo.
Te tengo que inventar, ya sé que ahora te tengo que inventar para sentarte frente a mi, en aquel patio que ya no existe  y contarte que me palpitaba el cuore,  me palpitaba, cuando los vi salir de la manga.
Después... después cuando estaban en el centro de la cancha, lo supe viejo, por primera vez supe, como brilla el azul y oro.

FIN


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